martes, 1 de abril de 2014

Involución

S se quedó a fumarse un porro. Después de un par de pitadas empezó a sentir la insustancialidad del mundo circundante. Sus pies, sus brazos, su cara enrojecida por el frío, toda su materia corpórea se veía reducida a una masa flotante en medio de un universo colosal lleno de obscuridad. Ensimismado, S tomó una de las bicicletas que yacían sobre el pastizal, miró a sus compinches y empezó a rodar alrededor del parque. Cada pedalazo que realizaba en esa extraña bicicleta acrobática lo acercaba más y más a la sensación del vacío absoluto. Ya poco le importa la gente que reía detrás de él, el frío que le congelaba las manos, la falta de energía para socializar, la poderosa soledad que lo abrumaba. Ahora, sumido en el más profundo de los estados introspectivos, sentía como sus pies olvidaban la realidad de los pedales, el paradigma de los zapatos y las medias, la costumbre de mantenerse encerrados, limitados y hediondos a pecueca; entonces sus pies empezaron a transformarse (simbólicamente) en la versión primigenia del órgano. Primero fueron los pies de un Homo Erectus, grandes, feos y peludos. Luego fueron los de un mono, con un pulgar opuesto y la movilidad total de una mano. Después, se transformaron en una pequeña garra mamífera, como la de los mapaches o las ratas, y así, de forma involutiva fue transmutando sus realidades hasta llegar al protozoo primigenio, el caldo de cultivo, el meteoro ancestral y antes de todo, LA NADA.   

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