viernes, 27 de noviembre de 2015

INSECTARIO



Bajo la sombra opresora de tu lecho,
aquí estoy.
Soy sólo un extraño y arácnido insecto
que se esconde bajo tu silueta.
Allí estoy, acostada junto a ti,
esperando a que duermas,
que te envuelvas con tus alas en el sueño del celta:
la exploración de mis patitas que te caminan cada retazo.
Tú, un fuerte y espartano escarabajo,
de los de antes, de los guerreros.

Una señal me indica tu descenso,
seré no más que la extraña especie que se aprovecha:
te anudaré entre mis redes,
te envolveré de forma fractal;
seremos el espejo del caos.

Despertarás sin rumbo fijo,
escarabajo sonámbulo,
paciente vendado en mis mil olores,
escarabajo incapacitado,
sedado por el sudor de mis venenos.

Mientras tanto, en silencio, lloras tu sangre que es mi alimento.

¿Cuántos versos debo al viento antes de que te desanudes (desnudes)?
El viento que quiere salvarte: sacude esta telaraña que no es más que nuestro santuario.
Escarabajo detentor de mil andanzas,
sólo puedo ver sobre ti visos escarlatas,
y el sol fijándose en el urdir de nuestras miradas.

sábado, 21 de noviembre de 2015

LO SINIESTRO


El laberinto que María Iribarne se construyó a sí misma.
Desde afuera es una construcción simple
de fachada insondable;
por dentro,
el laberinto de El Resplandor,
el habitáculo orbital.

Piénsese dicho hotel tal como
el cuerpo de María:
las escaleras que interceden tal como
las costillas, 
arrastrando la tortura            :          el colorido tapiz de las mentiras;
pero también las emisiones invariables
el desespero por  la estructura...
-¡De repente, el cuerpo se estremece y los pies se postran en el hígado!
El grito de Munch pasa a primer plano. 

El dolor de la transmutación. 
Jack Nicholson sólo vagaba nauseabundo por el hotel.
De pronto, se veía bajando las escaleras, decidido, pero encontrándose de nuevo –sumiso ante el caos- en el mismo piso. 

-¡De repente, los pies 
(que ya habían retornado a su sitio original) 
se unen!

La incapacidad de caminar
¿Cuáles pasos en falso?

El desespero por la estructura,
la consumación kafkiana del tiempo:
la imprecisión,                         insecto diminuto,                                    incapaz;
la eterna posibilidad de resbalarse y caer patas arriba.

                 -Las monstruosidades, evidentemente, simbólicas:
                       un insecto como Samsa en el hotel de El Resplandor.


sábado, 7 de noviembre de 2015

AHORA

Esto es lo que yo llamo poesía académica o basura:

Ahora que estoy tranquilo no escribo poesía
no escribo cuentos
no escribo ensayos
no escribo manifiestos
no escribo nada.

Ahora que soy una persona más centrada,
evidentemente más feliz
y mucho menos miserable
he dejado de pajearme
pero me drogo más.

Ahora que me quiero un poco
evito la soledad autoimpuesta
y a pesar de la ansiedad
intrínseca al acto socializador
disfruto de los monólogos colectivos
y de los pequeños dramas ajenos.

Ahora que soy más responsable
procuro embriagarme más
faltar menos a clase
hacer todos mis trabajos
y como dice mi familia
“ser alguien en la vida”

Ahora que soy más maduro
he olvidado por completo
aquella estúpida idea
de vivir rápido
morir joven
y dejar un bello cadáver.

Ahora que soy otro tipo
me pregunto
si en realidad
 esta serenidad es la vida
o una tediosa imitación de ésta.


¿Acaso no me he convertido ya
en todo aquello que odio? 

VALER LA PENA

En algún momento de mi adolescencia
y luego de haber negado a dios
(con dos pajas de esfínter ardiente
y medio litro de solitario aguardiente)
me di cuenta que mi vida
no era sino el remedo de una vida
el caparazón nacarino
de un frágil crustáceo sin exoesqueleto
la delgada membrana translucida
de un globo en una fiesta infantil.

Y luego de percatarme de ello
decidí que en mis poemas
o textos de naturaleza académica,
literaria o política,
 no utilizaría nunca más las palabras:
patético
ridículo
estúpido
por su clara naturaleza juvenil y pretenciosa
por su consensuado sentido refinado, irónico
y hasta poético.

Como es predecible, fallé en esta empresa.

Años después, quizás saliendo de esta etapa,
con la imagen nauseabunda de un dios muerto en mi cabecera
y doscientas cincuenta y tres fotografías y postales
pegadas en la pared
semejantes a las moscas y zancudos
que solemos estampar contra los muros
y que dejan su indeleble marca de sangre putrefacta,
pensé en la pregunta  esencial del universo
la vida y la existencia.

Aquella noche me pregunté:
¿Valía realmente la pena
estar ahí,
echado en la cama.
“existiendo”?
¿Qué estaba haciendo yo,
despreciable sujeto,
para que mi vida valiera la pena?
Es más,
¿Valía la pena desde un principio
intentar hacer que vivir  valiera la pena
sabiendo que a fin de cuentas
nada en el Universo
vale la pena?

Me dormí pensando la respuesta.

Así una y otra vez durante mil noches.

A la noche mil y una
llego a mí tan anhelada respuesta
como un trueno omnipotente
que traspasó, diáfano
las brumosas nubes de mi duda
y se resumía
de forma sintética y perfecta
en esta breve frase:


¡SANTIAGO, COMA MIERDA, CONSIGA TRABAJO!