jueves, 26 de marzo de 2015

Torcazas

O una narración extremadamente ociosa


La ventana de mi cuarto da hacia las tejas del patio de los primeros pisos de apartamentos en donde vivo. En este espacio, de aproximadamente 12 metros cuadrados, he logrado ver un par de escenas interesantes. Y no me refiero a las que podrían protagonizar mis vecinos, cuyas ventanas también dan hacia este patio y quienes protegen su accionar con pesadas cortinas, sino a las que interpretan las aves del sector.

La sensación de soledad de este lugar en las mañanas llega a ser opresora. Es el silencio de las áreas residenciales, la soledad de las pocas ropas que cuelgan algunas amas de casa, el abandono de los hogares por parte de las familias trabajadoras y estudiosas, son las no-acciones que configura la sensación de muerte matutina. Yo, un madrugador del ocio, encuentro mi único consuelo y compañía en las aves que vienen de paso a este minúsculo espacio.

Si, han sido historias de pájaros las que me han hecho pensar en los últimos días. La más reciente corresponde a una pareja de torcazas que establecieron su nido en el soporte de una canaleta para aguas lluvias. Ciertamente este es un espacio adecuado para montar un nido, ya que allí he visto como en repetidas ocasiones otras parejas de torcazas multiplican su progenie.

Sin embargo, esta parecía una pareja de padres primerizos. Durante los primeros días, y antes de la temporada de lluvias, las aves empezaron a traer todo el mobiliario necesario para el nido. Y aunque disto mucho de ser un ornitólogo consagrado, mis tímidas observaciones de barrio me han permitido establecer que el tiempo de construcción de un nido es mucho más corto que lo que estas aves se tomaron.


Para cuando el nido estaba terminado, la temporada de lluvias comenzaba. Y aunque contento por mis nuevos acompañantes, temía un poco por su suerte. Seguramente empollar en tan difíciles condiciones de humedad y temperatura implicaría una mayor demanda calórica y por lo tanto un esfuerzo mayor. Pensé en ayudarlos, pero mi conciencia me detuvo, argumentando que este era el ciclo de la naturaleza y que debía respetarlo, sin importar su desenlace.

A pesar de las difíciles condiciones, la pareja logro llevar a feliz término la primera etapa de la crianza. No obstante, me sorprendió ver que en el nido solo había un recién nacido, cuando la regla general es una pareja o un trío de polluelos; seguramente un huevo se había echado a perder. Ignorando esta pequeña tragedia, me decidí a seguir observando cómo lidiaban con esta nueva criatura.

Por lo menos durante cuatro días las cosas se dieron sin contratiempos. El polluelo chillaba, los padres llegaban, lo alimentaban y le daban calor. Aunque llovía a cantaros, los padres no dejaban sus puestos de guardia: se estaban comportando a la altura.

Pero al quinto día una sensación de desconcierto me invadió: sin haber competencia el polluelo se había caído.

Me pregunté, ¿Cómo carajos sucedió esta estupidez? Por lo que sé, cuando hay dos o más polluelos y la competencia para sobrevivir se vuelve más intensa, una de las crías es empujada fuera del nido y muere por el impacto contra el piso, dejando así el camino libre para la criatura más fuerte. En este caso, y habiendo solo una cría, me pareció increíble que se hubiera caído del nido. ¿Qué clase de movimiento brusco cometieron los padres de la indefensa criatura? Ahora la pequeña ave chillaba entre las tejas plásticas del patio de los vecinos, sin la protección del  nido, ubicado unos cuantos metros más arriba.

Los padres, por ese poderoso instinto natural que caracteriza a los seres vivos, siguieron proveyendo a la criatura de comida. Refugiado en un pequeño agujero entre el desagüe y la teja, la pequeña ave se acurrucó, mirando con miedo al extraño sujeto que salía de la ventana de al frente únicamente para observar cómo sus padres le alimentaban. Afortunadamente para todos, aquella noche no llovió, así que supongo que todos durmieron en paz.

A la mañana siguiente, y antes de salir a realizar mis tediosas responsabilidades, revisé el estado de la familia. Vi que el polluelo seguía en la teja, y que por su plumaje seguramente aun faltaban por lo menos un par de semanas para que llegara a volar. Les miré con compasión, seguramente el pichón no alcanzaría a sobrevivir y los padres se habrían esforzado en vano todas esas semanas. Entonces se despertó en mí un dilema: ¿Debía ayudarlos? ¿Por qué habría yo de intervenir en el ciclo natural? ¿Quién era yo para demostrar compasión frente a una pareja de padres que habían hecho mal su trabajo? ¿Qué derecho tenía yo para ponerme por encima de la naturaleza? ¿Mi condición de ser humano, racional y cultural? ¿No sería cruel mostrarme indiferente ante esta situación? ¿No era la vida de una pobre inocente criatura la que corría peligro? Supongo que estas no son las reflexiones que atormentan a la gente normalmente, pero en mi caso, la intervención sobre el ciclo natural me pareció trascendente.

Y aunque mi mente resolvió dejar que las cosas sucedieran como debían suceder (la respectiva muerte del pichón), mis manos se encontraron lanzando pedazos de pan sobre las tejas, con el fin de que los padres no tuvieran que esforzarse mucho en la recolección de comida para dársela al pichón.  Tristemente aquellas torcazas tomaron mi acto con desconfianza, y volando hasta las tejas más altas, observaron con atención mis movimientos al interior de mi habitación, como esperando a que me lanzara sobre la indefensa cría. Frente a tal indiferencia pensé que mejor me hubiera sido continuar en mi papel de observador que haberme inmiscuido en los asuntos que no me competían. Monté mi bicicleta y salí de mi casa, olvidando por completo el pequeño drama que dejaba atrás.

En la noche, la lluvia, el cansancio y el tedio me obligaron a llegar directamente a mi cama, sin tener tiempo ni espacio para pensar en las aves que anidaban en el patio. Dormí como un bebé aquella noche. 

Con las primeras luces de la mañana atravesando mi cortina verde, y los fuertes retorcijones que caracterizan mi mala digestión, entré en una especie de sopor previo al despertar. En medio de aquel estado alterado de la conciencia escuché unos golpecitos afuera, como de un ave comiendo las migajas que se le dejan en la cornisa. De inmediato pensé que los padres del pichón habían aceptado mi regalo y la crianza continuaba. Entonces recordé que aquella noche había llovido torrencialmente y pensé en el pobre pichón. ¿Habría sobrevivido a aquel diluvio? ¿El frío de la mañana lo habría matado? ¿Sus padres se habrían encargado de protegerlo? Para la tranquilidad de mi morbo todas las respuestas que necesitaba estaban a una cortina de distancia.

Al correr la pesada cortina me di cuenta que todos habían desaparecido, tanto el pichón como los padres. No había cadáver. Es probable que los vecinos, dueños de la teja, hubieran recogido el cadáver del pequeño polluelo para evitar malos olores. La canaleta de aguas lluvias parecía vacía, y el pan que había tirado el día anterior ya no estaba allí. En lugar de las torpes torcazas había una pareja de golondrinas acicalándose graciosamente sobre las cuerdas para tender la ropa. Era como si la naturaleza me dijera que podía ser tan bella como hostil.


Y en efecto, la naturaleza es una construcción caótica. 

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